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“PROFESIÓN: PROSTITUTA”

Crónica.


Sabía de ella por dos o tres mujeres que, infructuosamente, intenté entrevistar. “Mejor hable con la Mona”, me propuso la primera. Otra de ellas soltó su nombre “Zulma”.

Anduve de vouyeur varias tardes. Algunas de ellas empezaron a mirarme con desconfianza. Estas calles desahuciadas, habitadas por decenas de desheredados, tan en el corazón de Bogotá, no dan para más: un hombre que las espía, que insiste en observarlas detenidamente, que se niega a atender sus invitaciones procaces pero que tampoco se aleja, que vuelve al lugar cada tarde sin ninguna oferta para ellas, no puede más que convertirse en un elemento altamente sospechoso para estas mujeres que, aún siendo arriesgadas en su oficio, no dejan de ser desconfiadas con todo el mundo.

Pude elegir otro lugar para estas crónicas. Ir a Chapinero, o en Chicó. Entrar a un bar, estrato 3, buscar un testimonio de una las chicas del lugar, por lo regular jovencitas que hacen horas extras para pagar “supuestamente” su universidad. Pude buscar más al norte de la ciudad, o en una agencia de chicas prepago, estas sí por lo regular universitarias estrato 4 y 5. Pero, desde siempre, me llamó la atención este rincón del centro bogotano, tal vez el vértigo de lo sórdido me seduce más que entrar a uno de los miserables cuartuchos en que cualesquiera de estas mujeres se entregaría sin amor por infelices y devaluados quince mil pesos que es lo que vale su humillación ante cada hombre solitario que las busca.

A Zulma me la presentaron unos amigos abogados, en la oficina de éstos, donde ella acude pedir asesorías para ayudar a las mismas trabajadoras sexuales. De inmediato le hablé de mis correrías por la avenida 19, las carreras 13, la calle 24, entre otras del centro donde se agrupan decenas de mujeres y de travesties en busca de un cliente. Le hablé de mi proyecto de novela, le hablé de mi necesidad de entrevistar varias mujeres sin que éstas presentarán mayores prevenciones o que me ficcionaran sus historias solamente para salir del paso u obtener algunos pesos. Me habló de que ella estaba escribiendo su historia. Quedamos en vernos al día siguiente en su casa, en donde, además, funciona la Organización Cormujer, ONG dedicada a la defensa de las mujeres de la calle y que ella preside en calidad de ex prostituta, como realmente le gusta que le digan, pues eso de Trabajadora Sexual, es para ella un sofisma, una forma educada –y peyorativa -, que se inventaron las Damas Verdes del país para llamarlas porque a lo mejor, se les caía la lengua si pronunciaban la palabra castiza y real de su condición de putas.

Tenemos cita a las dos de la tarde. Llego cuarenta minutos retardado, apenado y temeroso de que no me reciba ya. Ella sonríe y me dice que no me preocupe, pues ella tampoco había cumplido la cita. Si yo hubiese llegado cumplido no la habría encontrado, hace muy poco llegó, pues le cruzaron otra reunión a ultima hora.

El apartamento es un apartamento humilde, en un conjunto residencial igualmente humilde por la carrera 12 con calle segunda. Hay algo de desorden por todo lado. Me invita a tomar algo. Le pido gaseosa. Ella va a la cocina y yo aprovecho para observar el entorno. La poca luz que hay en el apartamento entra por una ventana abierta. Un apartamento normal, sin lujos, con los elementos necesarios, algo arrumados por el poco espacio. Un juego de sala en madera, cojines algo deteriorados; algunos cuadros (paisajes y bodegones) dispuestos sin mayor estética en las paredes; una repisa de vidrio donde hay además de objetos varios, un equipo de sonido negro; entre otros elementos.

Zulma regresa con la gaseosa en un vaso de vidrio transparente, sobre un platillo tintero. ES una mujer de unos 52 años. Aún enérgica. De corta estatura y algo obesa. El cabello lo tiene decolorado con los rastros de una tintura rubia no retocada hace rato, insuficiente para ocultar las raíces de un cabello totalmente cano. Su rostro conserva el aire de la belleza que tuvo en épocas pasadas.

El teléfono empieza a sonar. Ella lo toma de un escritorio arrinconado junto a la ventana, donde hay un computador y algunos papeles en desorden. Durante la entrevista sonará infinidad de veces. “Me llaman aún en horas de la madrugada, a las dos de la mañana todavía estoy respondiendo el teléfono. Me llaman para cuadrar seminarios sobre el SIDA, para que consiga mujeres para charlas sobre seguridad y salud con el comando de policía…”

La llamada que recién entra es de una mujer que le pide asesoría sobre una demanda que le llevan los abogados. Ella le pregunta si trabaja con “fulana”. Que si está en la zona de Mártires o la de Santa Fe. Le explica algo de los procesos de demanda, por qué y para qué; todo muy deletreado y con letra fina, para que le quede claro. Finalmente, le dice con gran seguridad y seriedad: “usted trabaja donde trabaja “fulana”, entonces usted me conoce a mí, vea yo soy la monita, bajita, la que les dice que se suban un poco la falda, que no le den papaya a la policía para que las atropelle. La que les dice que no muestren tanto el culito. Sí, sí a ustedes les gusta mostrarse con su ombliguera a pesar de sus gordos y su celulitis, pues bueno, pero no le den papaya a la policía, ellos siempre van a molestar, pero si ustedes les dan papaya peor”. Y luego se despide. Me mira, y de inmediato me comenta: “me viven llamando que gonorrea y cuando me llaman por teléfono para pedirme ayuda me dicen que “doctora”.

No hemos empezado a hablar y la llama un político, que desde ya está engranando campaña para elecciones locales. El hombre le ofrece su carro para que lo acompañe a una reunión, ella accede con la condición de que cuadren todo en otro momento. Luego de colgar trata de explicarme: “es un candidato, me invita a una reunión donde hay población mía, quiere sus votos; le dije que no tenía plata para pasajes y me dijo que mandaba por mí, pero eso como decía un amigo mío que es gay: los políticos no son sino calentura de horqueta como el amor de los maricas”.

Los siguientes párrafos son parte de su testimonio de vida; un testimonio que se queda corto por la brevedad de la entrevista y, sobretodo, por las múltiples interrupciones del teléfono. Un testimonio que se completará más adelante cuando tengamos oportunidad de hablar un poco más, como ha quedado en propósito:

Nació en el Urabá antioqueño. En el municipio de Dabeiba, pueblo que no conoce aunque creció en Mutatá, municipio vecino de su natal Dabeiba. De manera jocosa cuenta que su papá era un borrachín, su mamá lo perseguía por todo el Golfo de Urabá, iniciando su persecución en Chigorodó donde solía irse de parranda, lo seguía por todo Apartadó, Turbo y hasta Necoclí donde él intentaba perdérsele con las putas.

Antes de sus quince años, su padre la quiso casar con un hombre al que ella apenas sí conocía, ella se voló con otro y fue a dar a Medellín. Con el marido de la fuga tuvo dos hijos. Éstos aún estaban de brazos cuando a él lo mataron por robarle una cadena. Para esa época, sus padres se habían tenido que desplazar de Urabá, por la misma violencia guerrillera, y ahora vivían en la misma capital paisa.

Vinieron años de escasez. Terminó viviendo nuevamente con sus padres. Su padre no conseguía trabajo en una ciudad industrial para la que él, campesino de pura sepa no estaba preparado. A ella, con un niño de brazos, nadie la quería emplear. Sus hijos crecían y el hambre era un sinónimo de sus días. Un día tomó la decisión: “Mamá, me voy a volver puta”. Era una mujer que andaba por algo más de los diecisiete; con dos hijos, muy bonita. Todos los hombres al verla sola e indefensa le caían y se lo pedían sin agüero; con las tiernas promesas de que si accedía ellos la cuidarían a ella y sus hijos. Pero ella se olía la falsedad en cada palabra. Su madre casi sufre un infarto. “Puso el grito en el cielo, pero yo le expliqué que no iba a dejar morir de hambre a mi familia; y que si todos los hombres me lo pedían yo lo iba a dar pero eso sí, iba a cobrar, y a cobrar caro”.

Así llegó a Bogotá. Pronto se hizo muy famosa en el sector del centro. Eran los años setenta. “Encontré un montón de putas llenas de miedo por los abusos de la policía que las vacunaban para dejarlas trabajar, sino había plata las llevaban a cualquier lado y querían que se los diéramos de gratis, y si nos oponíamos nos metían en las alcantarillas como si fuéramos ratas. Me les empecé a enfrentar. En los años ochenta hasta salía en la televisión por los bochinches con la policía… Hoy, somos lo más de amigos, del comando cada rato me llaman para que les ayude con charlas que ellos dictan a la comunidad”.

“En los años ochenta, casi al comenzar los noventa, me dije: esto no puede seguir así. Yo tengo que prepararme para defender a las prostitutas”, y me metí a estudiar. De día en la calle y por la noche estudiaba. Terminé el bachiller y luego hice 8 semestres de derecho, y luego 9 de sicología; no me alcanzó para graduarme, en ninguna de las dos carreras… Para ese tiempo, yo ya era el orgullo de la familia, imagínese, una familia donde el mayor orgullo es una puta”…

A mediados de los años 90s, creó una organización que defiende los derechos de las prostitutas. Ahora mismo mantiene un proceso con una firma de abogados, en el cual demanda a la ciudad de Bogotá por persecución a las mujeres del Centro; de donde las quieren sacar: “Ya las sacaron a casi todas de la carrera décima; ahora las quieren sacar de la Caracas, la calle 18, la calle 24 y todos los alrededores; eso es un atropello contra el libre derecho al trabajo".

En confianza me dice que aún visita alguno que otro cliente; pero que ya es otra cosa; ya no está en la calle tan desprotegida como hace treinta años o más. Ahora tiene un estatus que no le da para la comida de la familia, por eso vive de vender condones y de algunas “platicas” que gestiona para poder mantener viva su organización.

Tiene más de cincuenta años y aún muchas ganas de superarse, estudia administración e inglés. Nunca reniega de su vida del pasado, de los años duros; situación que nunca niega, siempre declara que fue y es prostituta, a ninguno de sus dos hijos les negó su oficio, siempre lo enfrentó; “cómo negarles el oficio con que los saqué adelante”.

Hoy vive para cumplir dos sueños: el primero, que a sus prostitutas y afiliadas a su organización se les reconozca el padecer diario a que las somete un trabajo que muchos piensan que es el de la vida alegre; y su segundo sueño: terminar un libro que lleva años redactando, su biografía, que llevará por título: “Profesión, Prostituta”.

Luis Carlos Pulgarín Ceballos

Derechos Reservados de Autor.

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